lunes, 2 de julio de 2012

Lunática II

Cuando abrí los ojos, la luz del sol iluminaba mi habitación. Mi madre estaba sentada a mi lado; sus ojeras revelaban que llevaba varios días sin dormir. Me contó que me habían encontrado en el suelo, sin sentido, que había pasado varias semanas en ese estado febril, y que gritaba y reía en sueños, poseída por visiones de caballos de fuego y damas vestidas de negro. De todo aquello no quedaba ningún rastro en mi memoria pero, por lo que ocurriría en unas pocas horas, supuse que sin darme cuenta había invocado a algún espíritu benévolo para que acudiera en mi ayuda. 

La noche llegó rápidamente, y con ella volvieron de nuevo mis temores. Esperaba oír su voz de nuevo, pero el tiempo pasaba y sólo el ulular del viento y el canto de los grillos poblaban el silencio de la noche. Casi sin pensarlo, corrí hacia la ventana, y lo que vi me sobrecogió por su belleza. Ningún círculo de luz iluminaba el cielo, y la profunda oscuridad del firmamento estaba rota por cientos de pequeñas estrellas. Ella no estaba allí. En ese instante llegué a pensar que quizás mis palabras habían conseguido desterrarla detrás del profundo mar que encerraba al Sol cada tarde. Por primera vez desde hacía muchos años, conseguí dormir sin sentirme acosada por aquella fuerza que me controlaba tras los cristales de mi ventana. 

Al igual que las hojas, los días fueron cayendo uno tras otro del árbol del calendario, anunciando la llegada del otoño. La tranquilidad que disfrutaba era cada vez más intensa, aunque continuaba cerrando la ventana cada noche, más por costumbre que por temor. Reconozco que quizás bajé mis defensas. Sí, ese fue mi error. Y lo pagué caro, muy caro. 

Aquella noche, la última noche que he conocido, sentí que algo me arrancaba del dulce seno de los sueños. Desperté bañada en sudor, expectante, alerta... Entonces volví a oír aquel murmullo, aquella risa infantil, aquella carcajada malévola. 

“¡No, no, otra vez no, por favor, otra vez no! ¡Cállate, cállate!”, le gritaba. 

Lejos de apagarse, el eco de su risa creció en intensidad, hasta que todos los sonidos de la noche fueron eclipsados por aquel himno a la Locura. De repente, la ventana se abrió de golpe, y los cristales estallaron en mil pedazos que volaron en todas direcciones. Allí, en mitad del cielo, más inmensa que nunca y teñida de sangre, estaba Ella. Había venido a por mí. Un fuego prendió en mi vientre, y un río de sangre caliente comenzó a fluir de entre mis muslos, dibujando un maldito círculo rojo sobre mis sábanas blancas. 

“¿Quieres mi sangre, verdad?”, le grité, “¿Quieres mi vida, no es cierto? ¡Pues tómala de una vez, tú has vencido, mírame!” 

Estiré mi mano para alcanzar uno de los fragmentos de cristal que habían caído sobre mi cama, y reuniendo el poco valor que me quedaba, tracé una línea sobre mis muñecas. Lo último que recuerdo es la sangre corriendo entre mis piernas, la sangre fluyendo a borbotones de mis brazos... 

Aún no sé por qué razón mi Ama me perdonó la vida. Quizá se diese cuenta de que, con aquel gesto, me había convertido en su más fiel servidora. Cuando abrí los ojos después de haberme creído muerta, pude comprobar que mis muñecas conservaban aquellas cicatrices, que me marcaban con el estigma de la esclavitud. Intenté gritar, pero mi garganta ya no era capaz de emitir sonido alguno. Y supe que, a cambio de mi vida, Ella me había robado la voz. Miré a mi alrededor. Ya no me encontraba en mi habitación, sino en un lugar extraño para mí. En adelante, se convirtió en mi nuevo hogar. El lugar, debo admitir, es agradable, incluso diría que acogedor. Las paredes, blandas y suaves al tacto, y de un blanco luminoso, carecen de ventanas. Mi cama, aunque pequeña, es cómoda, y, una vez al día, un hombre vestido de blanco me trae comida. Fuera, oigo voces y risas, y sé que no soy la única, que hay más que, como yo, han sido castigados por su insolencia, por atreverse a desafiar a la Reina de la Noche. Ahora, cuando se apagan las luces, puedo sentir el latido de su corazón. Aquella noche, la Luna bebió mi sangre y devoró mi cuerpo. Sé que nunca podré salir de aquí. Y no quiero hacerlo. Después de todo, vivo en las entrañas del Ser más poderoso del Universo. 


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